El elemento femenino
en el hombre y su poder redentor.
Mucho le será perdonado a quien mucho amó.
La fuerza y la belleza son los dos elementos atractivos de la
naturaleza humana; pero la fuerza masculina y la belleza femenina son una misma
cosa.
Lo que admiramos como fuerza en el hombre es el mismo
elemento que nos fascina como belleza en la mujer. La diferencia está tan sólo en su modalidad
de manifestación.
Cuando el alma tiene ya suficiente poder en el sendero de la
liberación y es bastante fuerte para actualizar su energía potencial, entonces
aparece en escena la belleza y transmuta la agresiva fuerza del hombre en la
gentil atractividad de la mujer.
En rigor, la belleza es la fuerza en una espiral más
alta. Cuando la fuerza llega a la
madurez se inicia la belleza, su aspecto espiritual, y así parece que lo
comprendieron y declararon todos los sabios de la antigüedad.
Aún el salvaje prehistórico estaba sujeto a la atracción de
la hembra, físicamente más débil, y reconocía la superioridad de ella respecto
de la fuerza bruta de él.
Esta Ley gobierna la generación de energía en el mundo
interno, preside la evolución de las formas bellas. La fuente de la fuerza es la misma que la
fuente de la belleza.
El hombre es por naturaleza el agresor, el factor impulsante,
cuya energía descubre los tesoros ocultos en el alma de la mujer que se
identifica con el mundo del alma, y la fuerza del hombre se trasmuta en ella,
en belleza o aspecto superior de la fuerza.
Sin embargo en todo hombre está oculto el elemento femenino,
de la propia suerte que en toda mujer laten cualidades masculinas.
Conviene advertir que la naturaleza femenina es muy superior
a la masculina, tanto por su sensibilidad a lo invisible como por su capacidad
de sacrificio y devoción al ideal.
No significa esto menosprecio a la naturaleza masculina, sino
que la verdadera grandeza y excelsitud del alma dependen de las cualidades de
la naturaleza femenina que forman parte del carácter del ser humano.
No importa que el cuerpo físico sea masculino o femenino. Lo importante es la perfección de la
naturaleza espiritual. Antes de que el
hombre alcance la liberación, antes de que se redima de la esclavitud de la
materia ha de predominar en su naturaleza el elemento femenino. El hombre es el símbolo de la acción
positiva. La mujer el de la pasividad.
La idea de poder se vincula generalmente con la energía
activa; pero se necesita mayor fuerza de voluntad para abstenerse de una acción
que para ejecutarla.
Por lo tanto, la esfera de la mujer es superior a la del
hombre y su reinado debe advenir antes de que el hombre reconozca su verdadera
naturaleza.
La función analítica de la mente es de índole masculina,
mientras que la sintética es del todo femenina, en todos los reinos de la
naturaleza, en todo cuanto existe alrededor del sol.
En la batalla de la vida, durante la peregrinación por el
desierto de la existencia terrena, el hombre es como un robusto roble y la
mujer como graciosa y ágil enredadera abrazada a él.
La expresión de la ternura femenina en el plano físico es un
emblema de la verdadera relación en el plano espiritual donde el compañerismo
está exento de las vicisitudes de la tierra y sólo participa de la naturaleza
espiritual.
Las relaciones entre los sexos en los planos superiores
obedecen a las leyes que los rigen.
Quienes tienen la fortuna de contraer pura y honesta amistad
en el plano físico, antes saborean la condición celeste. Tal es el efecto de la dulzura y de la luz
dimanante de un alma pura en quien están acalladas las pasiones y trasmutados
los deseos.
Por medio del reconocimiento del espiritual elemento de
índole femenina latente en el hombre, se glorifican y sanan los átomos,
moléculas y partículas del cuerpo físico y se ilumina la mente. Entonces posee el alma humana el mayor don
divino, el de sanara las demás almas.
El don de sanidad es uno de los mayores; pero a todos
aventaja cuando su poder se extiende al alivio y consuelo de las almas
abrumadas.
Este espiritual don de sanidad sólo puede ejercerlo el hombre
o la mujer en cuya mente se hayan entrefundido el elemento masculino y el
femenino.
Quienes lleguen a esta entrefusión, entrarán en una nueva
vida que comparada con la antigua es como la luz comparada con la oscuridad y
aquí se ve el poder redentor del elemento femenino.
En el primer nacimiento está el hombre dotado de mente
terrena y en segundo nacimiento recibe la mente celestial. A los dos veces nacidos, a los hijos e hijas
de Dios, todas las cosas les son posibles.
Tan excelso estado puede parecerle al hombre vulgar un sueño;
pero los sueños y aspiraciones y anhelos tienen real fundamento, porque nadie
puede anhelar nada que no tenga existencia o posibilidad de existencia. No es posible percibir una cosa futura sin
antes concebirla.
La vida física y los deseos de la carne que a ella pertenecen
se parecen al loto sagrado con las raíces en el cieno del estanque y el tallo
que medra hacia arriba hasta trascender la superficie del agua y encontrar el
aire donde ahíja y florece con espléndida pureza.
Así ocurre en la vida sexual que arraiga en el cieno de la
vida terrena, pero asciende a través de las aguas de la mentalidad y finalmente
florece en el aire diáfano de la pura, sagrada y divina naturaleza espiritual.
Quienes hayan escalado hasta la cumbre del escabroso monte de
la espiritualidad, comprenderán la necesidad de las pruebas sufridas y la
sabiduría que las ordenó.
En la cumbre de la montaña se abre la conciencia espiritual y
el hombre reconoce su doble naturaleza, y cuando la superior está madura, puede
asimilarse del mundo externo todo cuanto esté sintonizado con ella.
Si tiene en su interior el oro del amor, podrá atraer y
asimilarse cuanto de superior haya en el mundo externo, por virtud de la ley de
que cada cosa atrae a su semejante.
La diferencia fundamental entre los atómicos elementos de los
principios masculino y femenino de la naturaleza determina la externa
diferencia de las formas masculinas y femeninas.
Los átomos se conducen según la posición en que se hallan,
sin alterar su naturaleza; y así la diferencia constitucional entre una
molécula de ozono y una de oxígeno es apenas perceptible y sin embargo son muy
distintas sus propiedades físicas.
La causa de este fenómeno es un inescrutable misterio para la
química, porque la clave está en las fuerzas espirituales que gobiernan y rigen
internamente la naturaleza.
La fuerza que determina el modo de vida y actividad de un
átomo o una molécula está más allá del microscópico y el escalpelo, porque es
una fuerza espiritual que actúa en obediencia a leyes desconocidas aún por el
mundo científico. Estas leyes son tan
sabias como benéficas y operan invariablemente en provecho del bienestar del
hombre.
Si ascendemos en la escala de la creación y examinamos el
ordenamiento de los átomos en los planos superiores, hallamos vigentes las
mismas leyes.
La sagrada Kabbalah enseña que toda emoción y todo
pensamiento están representados estructuralmente en invisible materia, y que
las más altas y puras emociones y aspiraciones están constituidas atómicamente
por seres humanos de dualizada naturaleza mental y modelados según la plantilla
del hombre primordial. Sin embargo estas
fuerzas sólo pueden actuar por medio de aquellos hombres que se esfuerzan en
recobrar su condición perdida de prístina pureza, valiéndose de preparaciones,
rigurosa disciplina moral y completa abnegación.
En quienes se han consagrado al servicio de la humanidad y
emplean su vida con todos sus pensamientos y energías en favorecer el
advenimiento del reino de Dios y hacer la voluntad de Dios en la tierra, vemos
que todas sus viejas pasiones y malos deseos se han transmutado y convertido en
su interior en fuerzas beneficentes.
Elifas Levi, el insigne kabbalista, dio a este efecto su
testimonio, diciendo que la intensidad de su devoción a la luz que había visto
era exactamente proporcional a la intensidad de sus antiguas pasiones, cuya
fuerza, por rigurosa disciplina había subyugado y convertido en sierva del
interno Dios.
Todo deseo es centrífugo mientras que la voluntad espiritual
es centrípeta. Así las cualidades
femeninas de nuestra constitución ejercen una influencia redentora en nuestra
antigua naturaleza adámica; y hasta que el hombre comprende esta entrefusión de su
estructura interna y se esfuerza en despertar e intensificar su divina
conciencia y en advertir su dualidad, pocas posibilidades tiene de trascender
el ordinario nivel humano.
Pero en cuanto se abren los ojos del alma y se enciende la
antorcha de la fe, asciende el hombre a superhombre y tiene derecho a ser
instructor de hombres.
El elemento femenino predominaba en Cristo, el perdurable
símbolo de todo lo bueno, verdadero y realmente grande. Poseía cuerpo masculino, pero femenina era su
alma. Su vida, su pasión y su sacrificio final fueron los medios que colmaron
la medida antes de salir de este valle de lágrimas en donde hubo de aprender
todas las lecciones y padecer todo linaje de dolores, con el fin de capacitarlo
para auxiliar a cuantos padecen y sufren en esta vida.
Si queremos beneficiar al mundo por medio del poder redentor
del elemento femenino latente en nuestro interior, recordemos al Señor de
Compasión y las agonías de su espiritual crucifixión. Fue una prueba por la que tarde o temprano,
todos hemos de pasar y más valdrá pronto
que tarde.
La suprema enseñanza que nos dio Cristo en su pasión y muerte
es que no intentemos escapar a nuestro Karma, sino que sucédanos lo que deba,
debemos decir:”Pase de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la
tuya”. Así aprenderemos a ser pacientes
en la tribulación y fuertes en la prueba.
Millones de seres esperan nuestro auxilio, pero no podremos
ayudarles, hasta que no hayamos vencido.
El médico debe estar sano para curar al enfermo.
Es un camino áspero de hollar el camino del vencimiento. Se le ha llamado el sendero de la aflicción,
pero también es el sendero de gloria.
Cuando lleguemos a la meta, comprenderemos el significado del
triunfante Cristo que resuenan a través de los siglos: “Todo está
consumado”. Entonces también estará para
nosotros todo consumado porque habremos recorrido el cielo de nuestro destino y
únicamente nos interesarán de esta vida terrena, las cosas que convengan al
bien espiritual.
De ahora en adelante hemos de esforzarnos en ser más puros,
benévolos, verídicos, humildes y silenciosos, para enseñar el camino a las
almas más jóvenes que tras nosotros siguen.
Es la única manera que tenemos de recompensar a los benditos
maestros por los sacrificios que validaron nuestra vida.
No ceses de amar en medio de las dudas y tinieblas, y
cree que no hay cosa que el amor no pueda lograr
